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viernes, 8 de marzo de 2013

EL TAMBORCICO


Como indica el cartel, este fin de semana se celebra en la ciudad de Alzira, las XXVIII jornadas de exaltación del Tambor y el Bombo, donde se reunen amplias representaciones de las distintas localidades españolas, que tienen por tradición "ZURRIR" estos instrumentos, por supuesto que hay una representación de Tobarra. 

El poema que hoy pongo en esta entrada, lo compuse y dediqué a la memoria de mis tíos, Juan Antonio, y José Antonio, con posterioridad falleció mi tío Pedro, y recientemente mi tío Jesús, cerrando éste el ciclo de los hijos de Casimiro Onrubia, mi abuelo.

Pues a la memoria de los cinco, buenos tamborileros, tanto en su fabricación como en hacerlos sonar.



                                         - EL TAMBORCICO -



    Tuve un tambor de pequeño
que un día heredé de mi hermano,
él a su vez, de mis tíos
y así sucesivamente
a mis primos fue pasando.

Era un tambor medianico,
hecho con cariño, a mano,
por mi abuelo Casimiro
en su taller artesano.

Caja verde de hojalata,
color granate, los aros,
los aretes de las pieles,
pintados de color blanco.

Los bordones que llevaba
eran de cordel de cáñamo,
y de purpurina plata,
sus doce tornos pintados.

¡Cómo lucía mi tambor!
con que gracia y con que garbo
resonaba por las calles
la tarde de Jueves Santo.

Los palillos en su piel
bailaban los zapatatas,
una vez, dos veces más,
un millón, ya no se cuantas.

Pero seguían bailando,
incansables, en su salsa,
junto con otros tambores
desde el Calvario a la Plaza.

El tiempo no se detiene,
llegó otra Semana Santa,
la segunda la tercera,
y el relevo se acercaba.

Yo quería un tambor más grande,
a mi Padre demandaba
pidiendo un tambor de hombre,
que desterrara mi infancia.

Y mi Padre, generoso,
me complació en la demanda,
con un flamante tambor
para apaciguar mis ansias.

Me deshice de “mi amigo”,
sin pena alguna o nostalgia,
deslumbrado por el nuevo
lo relegué sin tardanza.

Que ingrato es el ser humano,
no le dije ni un mal gracias,
por iniciarme en el arte
del grandioso zapatata.

Fueron pasando los años
y un día volví a encontrarlo
cubierto de telarañas
en un rincón olvidado.

El corazón me dio un brinco
estaba allí tan callado,
aquél con quien en mi infancia
compartí tan buenos ratos.

Mi tambor, mi compañero,
daba pena contemplarlo
al recordar la bravura
que tuvo en tiempos pasados.

Lo desmonté pieza a pieza,
sus heridas fui sanando
y a día de hoy se encuentra,
dispuesto a seguir sonando.

No será el que más destaque,
o más halagos reciba,
pero en cuestión de cariño
¿quién coloca la medida?
  
Recuperé aquel amigo
al cabo de tantos años,
y lo tengo a buen recaudo
guardado como oro en paño.


©Casimiro Bleda Onrubia
Aranjuez 30 de mayo de 2003




Y si alguien tiene más curiosidad por el tambor, le dejo este vídeo  donde mi amigo Guillermo Paterna lo explica estupendamente.


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